El erróneo desánimo protocolero

A veces me da mucha pena ver el desánimo entre mis propios compañeros de protocolo. Alguien me decía hace unos días: es que muchas veces los de protocolo nos creemos que un fallo de protocolo es lo peor y no nos damos cuenta sino nosotros… ¿En serio creemos que estoy es así?


En la Edad Media la Iglesia tenía muy claro que los pequeños mensajes subliminales eran los que llegaban al público. No tenéis más que pensar en los relieves y bajorrelieves de los monasterios, que eran verdaderas historias para impresionar a los peregrinos y a la gente del pueblo; marketing del Siglo VII o del XIII….


Os recuerdo también lo que escribí hace unos meses sobre la vestimenta de San Ignacio. No hay nada nuevo bajo el sol, ¡eso es así! (O como diría alguien que conozco #esoesasí)

Aunque nos creamos lo contrario un fallo de protocolo no pasa tan desapercibido: una silla que no está en su lugar, una invitación mal hecha,… son cosas en las que muchos no se fijan, pero el subconsciente humano es traicionero. Uno muchas veces no sabe porqué pero se lleva imagen de desorden, suciedad, caos,….

Las herramientas que se emplean en protocolo no están para fastidiar, no se han elegido al azar,… Están estudiadas y contrastadas por la experiencia. Destinadas a enviar mensajes, a agradar, a llegar, a marcar,…

Muchas veces el ojo humano va más allá de lo que ve y de lo que piensa…

La imagen cuenta y, peor aún, la imagen marca y muchas veces crea paredes que no se pueden tirar. Por eso, si crees que el protocolo no es importante o es irrelevante, te sugiero que te replantees esa idea.

Seguro que todos tenemos imágenes de “pequeños detalles” en nuestra mente que nos hicieron clasificar a determinadas personas como especiales. A mí me pasaba con la señora Victoria, una amiga de mi abuela que me hacía rosquillas cada vez que iba a verla, o con la fina educación de mi compañera Lucía, que tiene una delicadeza infinita cada vez que no le queda más remedio que atravesar mi despacho… ¡Es así!

Y si tú no le das valor, pones en valor, aquello que amas… ¿quién lo hará por ti?

Para venderse primero hay que conocerse, reconocerse y valorarse. Porque todo el mundo sabe, en el fondo o en la superficie, que en los pequeños detalles están los grandes resultados… Solo que hay cosas que no las perciben todos y para eso hay que prepararse.

Así que “arriba los corazones” y a poner “manos a la obra”.

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